Yo soy pro vida y soy parte de Nuestro Tiempo

Lourdes Argueta

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Para mí ser pro vida es una cuestión de valores y principios. Creo firmemente que la vida surge desde la concepción, desde que el cigoto pasa a ser un embrión, y éste, un feto. Este proceso concibe a un ser humano, una vida que posee alma y que abre una ventana a la construcción de un proyecto de vida. Esa vida, innegablemente humana, tiene derechos y es cuestión de principios sociales básicos poder respetarlos.

La solución a este debate, que despierta pasiones políticas y sociales, está en respetar los derechos de la mujer y de la vida que está en su vientre, son derechos compartidos y ninguno puede excluir al otro. Si bien es lamentable que existen casos que conlleven preguntar “¿a quién salvamos?”, es más imperativo aún que se tomen medidas en las políticas públicas para prevenir contextos que varían desde un embarazo no deseado, uno de alto riesgo, el extremo de una violación o una pobre calidad de vida. Pero en cualquiera de estas situaciones, se debe poseer un enfoque hacia la protección de los derechos del no nacido.

Un aspecto que gira entorno a esta discusión es la religión, pero es importante aclarar que la convicción de defender la vida del no nacido no implica la imposición de una creencia religiosa. Se es pro vida al mismo tiempo que se respeta la laicidad del Estado, porque el mayor garante de los derechos humanos debe ser el mismo Estado y nuestra Constitución protege la vida desde la concepción. Claro que lo legal y lo justo no siempre son lo mismo. Pueda que la Constitución cambie, pero si se da el caso, mis principios como pro vida seguirán siendo firmes.

Habiendo planteado esto, y sabiendo que vivimos y defendemos un sistema democrático, hago la siguiente pregunta: dentro de un sistema democrático de pesos y contra pesos, ¿quién defiende la vida de un bebé en el vientre de su madre? Aquellos que nos consideramos pro vida deberíamos ser más congruentes en nuestra lucha de defender a los más pequeños, no solo en el nacimiento sino en el desarrollo pleno de su vida. Nunca habrá una democracia sólida si no somos capaces de defender los derechos de quienes construirán el futuro de nuestras sociedades.

Y pensando en este futuro de nuestro país es que tomé la decisión de entrar en política. Ser pro vida no debería limitarse solamente a estar contra el aborto, sino a proteger a toda costa, la posibilidad de la vida y la calidad de la misma, lo cual implica velar por tener instituciones fuertes que sean capaces de cumplir con el fin último del Estado, que es la persona humana (dentro y fuera del vientre materno). Esto implica, en nuestro contexto nacional, combatir la corrupción y las prácticas que minan el camino, para que nuestro Estado pueda cumplir con tal fin.

Por esta razón, decidí formar parte de Nuestro Tiempo porque, al igual que la mayoría de salvadoreños, a mí también me indignan los desfalcos y la corrupción que se ha vivido en las últimas décadas a costo del bienestar de la ciudadanía. A mí también me preocupa la improvisación y la falta de profesionales decentes construyendo políticas públicas. A mí también me asustan los abusos de políticos que creen estar por encima de la ley.

Nuestro Tiempo es un partido político integrado por personas con opiniones y posturas muy diversas. Pero es también un partido con una firme convicción democrática, donde se promueve el respeto y en el cual mi argumento pro vida es valioso. Mis perspectivas son respetadas y alentadas, y cuando necesite defenderlas, lo haré sin miedo a sufrir repercusiones por pensar distinto. Y sí, hay espacio para que más personas que piensan como yo, se unan y de querer hacerlo, participen en candidaturas a elección popular.

Para lo que no hay espacio es para quienes fomentan la corrupción y debilitan la institucionalidad, y esto es lo que nos une. Cualquier miembro de Nuestro Tiempo, incluyéndome, sabemos que es esencial liderar acciones de lucha contra la corrupción, a favor de la transparencia y el bienestar social. Creemos que un país libre de corrupción es un país más humano, más democrático y con más oportunidades para favorecer desde los más vulnerables.

No pensamos igual, pero en un mundo tan diverso, ¿quién sí?